Este texto ha sido extraído sin previo permiso del autor, así que si os ha interesado, dejad vuestros comentarios aquí : Boulé
Cosas de la filosofía: resulta que desde que somos sapiens nos ha dado por preocuparnos más por la verdad que por su lado más oculto: la mentira. Quizá porque nos interese saber más en qué consiste la verdad (no hay muchas, y las que existen suelen ser fecundas, valiosas) que la mentira (las hay a patadas, y no parecen tener una función importante en el conocimiento humano). Si nos centramos en el valor del conocimiento, es evidente que la mentira sale mal parada. El panorama no pinta mucho mejor cuando abordamo el tema desde un punto de vista moral: el imperativo de no engañar a los demás, de no mentir, de cumplir las promesas ha desterrado siempre a la mentir del dominio de la moral. El cartel de “mentiroso” no es muy aconsejable, y sus consecuencias no suelen resultar agradables, ni en lo personal, ni en lo social o lo económico: ¿quién estaría dispuesto a hacer negocios con un mentiroso empedernido? El caso es que la proscrita mentira, tiene sin embargo bastante más valor del que a priori pudiera parecernos. Parémonos a pensar hoy en dos lugares “naturales” de la mentira: la sociedad y la política.
La vida social está impregnada de cierta mentira, que todos aceptamos diariamente. Lo que se llama “buena educación” (por poner un ejemplo) traspasa a menudo la línea de lo que comenzaríamos a llamar hipocresía: los contextos sociales imponen sus reglas. La sinceridad no impera, por poner un caso, en las relaciones laborales, pero tampoco en nuestras relaciones pesonales. Todos tenemos amigos (ay de aquel que no los tenga, diría Aristóteles), pero con todos el mismo grado de amistad. Un buen amigo ha planteado por ahí la teoría de los círculos concéntricos: a mayor cercanía interpresonal, más proximidad al centro. Yo le añadiría una especie de ley entrópica de la mentira, que se expande y aumenta a medida que nos acercamos a los círculos exteriores. La mentira se disipa como la energía, qué le vamos a hacer. Y eso no por hablar de las relaciones familiares: en cuanto salimos del núcleo familiar (concepto de difícil definición, por otro lado), interviene el cálculo de la imagen: qué decir, y qué hacer. Las grandes celebraciones (y ahora se acerca la navidad) son a veces la ocasión de la apariencia y la mentira. El ritual, ya lo sabemos, dispara el falsómetro. ¿Seríamos capaces de vivir en una sociedad sin mentira?
La relación entre mentira y política es más que obvia. Y esta vez no me refiero a la crítica habitual, que señala a los políticos profesionales como los magos de la palabra, expertos en decir hoy lo que negaron ayer y en maquillar las palabras de una forma tan hipnotizante que es capaz de convencer a todos los afiliados al partido. La cuestión es que el propio ejercicio del poder exige, quizás necesariamente, la puesta en práctica de la mentira. Pongamos por caso: ¿Conviene que la opinión pública tenga toda la información de que disponen los gobernantes? La respuesta inmediata es no. Hay momentos delicados, cuestiones tan frágiles como trascendentes que si fueran conocidas por la sociedad podrían provocar reacciones peligrosas, no deseadas. No es bueno que sepamos todas las verdades, y el calificar una información concreta como “secreto de estado” o “información clasificada” puede ir, en realidad, a favor de la sociedad (detalle, por cierto, que debería hacernos reflexionar sobre la capacidad del pueblo para gobernarse a sí mismo). Esas cosas que se terminan sabiendo con el tiempo y que la mentira ayuda a camuflar, con versiones oficiales que acaban siendo desveladas. ¿Qué sería de la necesaria estabilidad social y política sin la mentira? Parece mentira que los filósofos la hayan denigrado tanto…
4 years ago